31/10/11

Leyenda de la Llorona

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Leyenda Mexicana del Periodo Virreinal

Consumada la conquista y poco más o menos a mediados del siglo XVI, los vecinos de la ciudad se recogían en sus casas a la hora de queda, tocada por las campanas de la Catedral a media noche y cuando había luna, despertaban espantados al oír en la calle, tristes y prolongados gemidos, lanzados por una mujer a quien afligía, honda pena moral. 
Las primeras noches, los vecinos se persignaban porque aquellos lúgubres gemidos eran, según, ánima del otro mundo, fueron muchos, repetidos y se prolongaron por tanto tiempo, que quisieron cerciorarse qué era aquello, desde las ventanas o balcones, y enseguida atreviéndose a salir por las calles, lograron ver a la que, en el silencio de las noches en que la luz pálida y transparente de la luna caía como un manto vaporoso sobre las altas torres, los techos y tejados y las calles, lanzaba agudos y tristísimos gemidos.
 
Vestía la mujer traje blanco y espeso velo que cubría su rostro. Con lentos y callados pasos recorría calles de la ciudad cada noche distintas, sin faltar una sola, a la Plaza Mayor, donde vuelto el velado rostro hacia el oriente, hincada de rodillas, daba el último angustioso lamento en pie, continuaba con el paso lento y pausado hacia el mismo rumbo, a orillas del salobre lago, que en ese tiempo penetraba dentro de algunos barrios, y como una sombra se desvanecía.
 
La hora avanzada de la noche, dice el Dr. José María Marroquí, el silencio y soledad de calles y plazas, el traje, el aire, el pausado andar, lo penetrante agudo y prolongado gemido, que daba siempre cayendo en tierra de rodillas, aterrorizaba a cuantos la veían y oían, y no pocos de los conquistadores valerosos y esforzados, que habían sido espanto de la misma muerte, quedaban en presencia de aquella mujer, mudos, pálidos y fríos, como de mármol. Los más animosos apenas se atrevían a seguirla a larga distancia, aprovechando la claridad de la luna, al verla desaparecer llegando al lago, como si se sumergiera entre las aguas, y no pudiéndose averiguar más de ella, e ignorándose quién era, de dónde venía y a dónde iba, se le dio el nombre de
La Llorona
Tal es en pocas palabras la genuina tradición popular que durante más de tres centurias quedó grabada en la memoria de los habitantes de la ciudad de México y que ha ido borrándose a medida que la sencillez de nuestras costumbres y el candor de la mujer mexicana han ido perdiéndose.
 
La leyenda es antiquísima, se generalizó en muchos lugares, transformada o asociándola a crímenes pasionales, y aquella vagadora y blanca sombra de mujer, parecía gozar del don de ubicuidad, pues recorría caminos, penetraba por las aldeas, pueblos y ciudades, se hundía en las aguas de los lagos, vadeaba ríos, subía a las cimas en donde se encontraban cruces, para llorar al pie de ellas o se desvanecía al entrar en las grutas o al acercarse a las tapias de un cementerio. 
La tradición tiene raíces en la mitología de los antiguos mexicanos. Sahagún en su Historia (libro 1º, Cap. IV), habla de la diosa Cihuacoatl, la cual "aparecía muchas veces como una señora compuesta con unos atavíos como se usan en Palacio; decían también que de noche voceaba y bramaba en el aire... El mismo Sahagún (Lib. XI), refiere que entre muchos augurios que se anunció la Conquista de los españoles, el sexto pronóstico fue "que de noche se oyeran voces muchas veces como de una mujer que angustiada y con lloró decía: ¡Oh, hijos míos!
¿Dónde os llevaré para que no os acabéis de perder?

La tradición es, remotísima; persistía a la llegada de conquistadores y tomada ya la ciudad azteca por ellos y muerta años después doña Marina, o sea la Malinche, contaban que ésta era La Llorona, la cual venía a penar del otro mundo por haber traicionado a los indios de su raza, ayudando a los extranjeros para que los sojuzgasen.
 
"La Llorona - cuenta D. José María Roa Bárcena, era a veces una joven enamorada, que había muerto en vísperas de casarse y traía al novio la corona de rosas blancas que no llegó a ceñirse; era otras veces la viuda que veía a llorar a sus huérfanos; la esposa muerta en ausencia del marido a quien venía a traer despedida que no pudo darle en su agonía, la desgraciada mujer, vilmente asesinada por el celoso cónyuge, que se aparecía para lamentar su fin desgraciado y protestar su inocencia”
Poco a poco, la vieja tradición de La Llorona ha ido, borrándose del recuerdo popular.

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